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HUMANISMO Y NUEVO PENSAMIENTO

Mijail Gorbachov - Febrero de 1997.

 

Las coincidencias en la historia no son algo frecuente, pero se las encuentra. En algunos casos como resultado de la casualidad, en otros como un reflejo de legitimidad. La coincidencia a la cual nos referiremos aquí no solamente es legítima, sino en cierto modo también notable.

Se trata de que, aproximadamente en un mismo tiempo, alrededor de los años 80, surgieron dos tendencias del pensamiento y la práctica, se podría decir, dos fenómenos filosófico-políticos: el Movimiento Humanista y el Nuevo Pensamiento.

Claro que sus fuentes concretas no son idénticas. Tampoco son idénticos los resultados por ellos alcanzados. Pero, en última instancia, ellos fueron llamados a la vida por una misma situación, en la cual se encontraba el mundo entero en la frontera del segundo milenio. Una situación no ordinaria, podría decirse incluso, crítica. Y en ambos casos el móvil fue el mismo: la toma de conciencia de la necesidad de encontrar una salida de esta situación, de superar la crítica encrucijada en la que se encontraba la humanidad.

Lo más importante es que al fin de cuentas, más allá de determinadas diferencias en momentos secundarios, en lo esencial el Movimiento Humanista y el Nuevo Pensamiento llegaron a conclusiones cardinales coincidentes: el camino realista y necesario hacia el futuro pasa por dirigirse al Hombre como referencia central, como objetivo principal, cabe decir, como objetivo en sí mismo del desarrollo social. Precisamente en esto, creo, se expresa el carácter legítimo del surgimiento de estos dos fenómenos.

Y no sólo el surgimiento sino también su progresivo acercamiento. Ya que desde 1992, el Movimiento Humanista y la Fundación de estudios socio-económicos y políticos comenzaron sus contactos, que maduraron en activa colaboración. Colaboración que, estoy convencido, se desarrollará fructíferamente en nombre de la búsqueda conjunta de caminos para el desarrollo de la comunidad humana mundial.

 

I

El punto de partida de las reflexiones del Movimiento Humanista, como se expresa en su Documento, se define así: "Los humanistas piensan en el porvenir, luchando por superar la crisis general del presente". Crisis que afecta los fundamentos mismos de la civilización actual. Crisis, cuya superación es comprendida por los partícipes del Movimiento, como la plena afirmación del Nuevo Humanismo o Humanismo Universalista.

No puede dejarse de valorar la magnitud del trabajo desarrollado por el Movimiento Humanista para llegar a esta conclusión. Ya que la interpretación del concepto mismo de "humanismo" ha tomado formas muy diferentes a lo largo de la historia (ante todo comenzando desde el período del Renacimiento). Más de una vez esas interpretaciones fueron contradictorias, otras veces en gran medida abstractas. Algunas interpretaciones del humanismo resultaron tan alejadas de los problemas reales de su tiempo que, paradójicamente, alejaron al humanismo del Hombre. Y por esto, para unir el contenido de principios del humanismo con las necesidades y problemas de nuestro tiempo, fue necesaria una gran energía creativa.

El Nuevo Humanismo o Humanismo Universalista, como lo comprende el Movimiento Humanista, descarta las consideraciones abstractas. En cambio, está estrechamente relacionado con los problemas y exigencias precisamente de nuestro tiempo. Su objetivo, como se explica en una de las últimas publicaciones del Movimiento, es: "colaborar con el mejoramiento de la vida, oponiéndose a la discriminación y el fanatismo, la explotación y la violencia". Su tarea: comprendiendo las exigencias de un mundo que se globaliza, posibilitar la elaboración de los métodos correspondientes que, imbuidos de un carácter constructivo, se orienten a la resolución de los "paradojales problemas de nuestro tiempo".

En esencia, son analógicos los puntos de partida del Nuevo Pensamiento. El principal de ellos, como en el caso de los humanistas, es el reconocimiento del hecho que la civilización contemporánea ha llegado a un callejón sin salida; que ella agota, y en parte ya ha agotado, las reservas de su desarrollo progresivo.

Las manifestaciones externas de este callejón cerrado son por todos conocidas. El espasmo ecológico, y los problemas globales relacionados con él. La crisis de las formas contemporáneas de la vida social, la acumulación de contradicciones entre el hombre y la sociedad, entre el hombre y el poder. La evidente enfermedad en las relaciones mundiales, ya que habiendo salido de la "guerra fría" la humanidad no ha encontrado aún la puerta hacia un nuevo y verdaderamente pacífico orden mundial. La creciente complejidad en el funcionamiento de la economía mundial. La crisis moral y, al mismo tiempo, de ideas, ya que ninguna de las reconocidas escuelas de ideas ha sido capaz de explicar lo que sucede, ni de mostrar caminos para la superación de la situación actual.

Pero quisiera ahora plantear la cuestión de un modo algo diferente. Los síntomas de las crisis son evidentes, pero en dónde están sus raíces profundas?

El desarrollo económico del siglo XX abrió enormes posibilidades para el mejoramiento, la humanización de la vida de la gente. Pero los frutos de este desarrollo han sido utilizados de tal manera, que los resultados han sido en mucho lamentables.

Ante todo, el apoyo unilateral en los factores tecnogénicos, el apoyo en el postulado, ya de antiguo conocido pero al mismo tiempo errado, de que el Hombre es el Zar de la naturaleza, su amo, han llevado a una profunda ruptura entre el Hombre y el resto de la naturaleza. La situación ecológica actual es sólo una, seguramente la principal y más peligrosa, manifestación de esta ruptura.

Ahora, en la frontera de un nuevo siglo y un nuevo milenio, surgen muchos pronósticos y conjeturas sobre el tema de cómo será el mundo del siglo XXI. Lamentablemente, la parte más significativa, sino mayoritaria de ellos tiene (nuevamente!) carácter tecnocrático. En esencia, la resolución de las tareas del futuro se la busca en métodos que ya han demostrado su insolvencia. Es ignorada la necesidad de repensar estos métodos, de descartar los modelos tecnogénicos del progreso y de pasar a un modelo nuevo, antropogénico, humanista. Lo cual significa que nos arriesgamos no solamente a no poder resolver los problemas actuales, ya extremadamente peligrosos, sino a multiplicarlos y profundizarlos.

Sin embargo esta es sólo una de las raíces de la actual crisis de la civilización. Otra, no menos peligrosa, tiene más bien carácter social. Los frutos del desarrollo económico se han utilizado y se utilizan de tal modo que se conserva, y en muchos casos se profundiza, la división dentro de la sociedad.

Las relaciones sociales existentes se caracterizan no por la búsqueda de un balance de intereses de los distintos grupos sociales y nacionales, sino, en la mayoría de los casos, por la confrontación agresiva de unos con otros. Grandes masas de gente y muchas veces la mayoría de la población, son alejadas de la propiedad, del poder, de la cultura. Cuántas víctimas ha llevado ya la sociedad al altar de los antagonismos sociales y nacionales!

Lamentablemente, en los pronósticos del futuro, tan difundidos hoy, prevalecen esos mismos modelos de organización social. La dominante de estos pronósticos, ante todo en el Occidente, es la afirmación del indiscutido y definitivo triunfo del modelo económico y social liberal y su "fin de la historia". Pero toda la experiencia del siglo XX nos muestra que el modelo "liberal", visto desde la posición del ser humano, sus necesidades e intereses, no ha sabido encontrar las respuestas a los problemas esenciales de la existencia. Por lo que ha sido alcanzado en los países desarrollados, la humanidad ha pagado y continúa pagando un precio muy caro. Y en esos mismos países se levanta hoy una ola de insatisfacción.

Es urgentemente necesario otro método, otro paradigma, basado no en la perpetuación de los antagonismos sociales y los conflictos nacionales, sino en la intención de evitarlos, alcanzando una síntesis entre liberales, conservadores y, por supuesto, aquellos que se denominaron socialistas.

En general - ya antes he hablado y escrito sobre esto - de la tradicional dicotomía "socialismo-capitalismo" o "socialismo-liberalismo" hace mucho que es tiempo de desprenderse. Es necesaria una nueva visión conceptual del futuro. La cual es posible definir como humanismo global. Precisamente tal posición, pienso, dará la posibilidad de encontrar un idioma común y referencias vitales comunes a la mayoría de la gente con conciencia social.

De este modo, la segunda raíz de la crisis de la civilización es de carácter social. La tercera está relacionada, creo, con la esfera de las relaciones internacionales. La vida internacional del siglo XX ha estado impregnada por los mismos métodos confrontacionistas que la vida social dentro de cada país. En el siglo XX esto llevó a la división de la humanidad en campos enemigos, cada uno de los cuales, pretendiendo la verdad indiscutible de sus posturas, intentó infringir la derrota a su adversario, cuando no lograr su destrucción física.

Como resultado de grandes esfuerzos, en base a métodos nuevos, en mucho determinados por el Nuevo Pensamiento, fue posible detener, concluir esta confrontación. Pero qué vemos hoy? Resulta que es el Occidente y no la sociedad mundial, el que triunfó en la "guerra fría". Reflexionando sobre las relaciones internacionales del siglo XXI, políticos e ideólogos muy a menudo regresan a los métodos viejos, a los "modelos" de los juegos políticos, al pronóstico de una nueva división del mundo en esferas de influencia, e incluso al hegemonismo global de una única potencia: USA. Qué puede dar semejante posición? Nada, más que la repetición de las tragedias de tiempos pasados y recientes.

Si quisiéramos resumir esta descripción, por lejos no agotada, no es difícil sacar la siguiente conclusión: la raíz de la crisis de la civilización contemporánea está en su profunda ruptura con los verdaderos intereses del Hombre y la Humanidad. La motivación de la actual civilización ha estado y continúa estando estrechamente ligada no con posiciones humanistas, sino antihumanas y egoístas. La continuación de este camino lleva al fracaso. A la catástrofe.

De aquí la conclusión del Nuevo Pensamiento, así como del Movimiento Humanista: son necesarios nuevos métodos, nuevas orientaciones del pensamiento y la acción, inspiradas en la vieja, pero eterna y justa idea: "El hombre es la medida de todas las cosas".

 

II

Al término "Nuevo Pensamiento" frecuentemente se lo entiende relacionado sólo con los asuntos internacionales, con una nueva metodología y práctica de la política internacional. Pero yo lo interpreto en un sentido mucho más amplio. Para llevar adelante una política verdaderamente nueva y humanista, en cualquier esfera, es necesario ante todo valorar correctamente la realidad, sus problemas, las fuentes de estos problemas. Sí, esto exige romper con muchas visiones anteriores y con otras que aún hoy se mantienen en pie, lo cual es siempre doloroso. Exige también la revalorización de conclusiones anteriores desde el ángulo de visión del Hombre y sus intereses. En otras palabras, estamos hablando de la necesidad de repensar en profundidad tanto la esfera de la política interior, como la de la política internacional, las bases mismas y los principios de la actividad en una y otra dirección. Por lo que yo puedo apreciar, el Movimiento Humanista también propone la adopción de los principios del Nuevo Humanismo en todas las esferas de la actividad humana, en los fundamentos de la existencia misma de la gente.

Para nosotros, en la Unión Soviética, a mediados de los años ‘80 el Nuevo Pensamiento fue, en la esfera de la política interior no menos, y en parte incluso, aún más actual que en la esfera internacional. En particular por causa de que, sin cambios radicales en la vida interior del país, sin "perestroika" (reconstrucción), no hubiera sido posible una nueva política exterior.

Es sabido que ya hacia los finales de los años ‘70, la Unión Soviética ingresó a un campo de crisis. Su profundidad la pudimos evaluar no de inmediato, pero con el tiempo estuvo claro: si no se llevan adelante profundos cambios, en el país puede producirse la más peligrosa explosión.

La crisis, a la cual nos estamos refiriendo, abarcaba no sólo la economía y la política, esta era una crisis multilateral del sistema mismo. La situación del país nos exigía respuestas de acción, nosotros debíamos actuar. Esto por un lado. Pero junto con ello este mismo sistema nos preparó, nos llevó a que comenzáramos a cambiarlo, a que hiciéramos una nueva elección.

Claro que esta elección no surgió de inmediato. Cuando comenzó la perestroika, no todos sabíamos, no todos comprendíamos aunque lo veíamos, que no era posible seguir viviendo así. No todo estaba comprobado en nuestras acciones de aquel tiempo. Hubo errores y demoras con el planteo y la resolución de diferentes problemas. Pero lo importante es que los cambios comenzaron de inmediato, a partir de marzo-abril de 1985.

Los criterios fundamentales del cambio, sus referencias morales y socio-políticas, tampoco fueron determinados de inmediato, sino progresivamente. Algunos de ellos estaban claros para mí desde un comienzo, otros en cambio, se fueron precisando con el tiempo, en la base de un nuevo conocimiento y de la experiencia acumulada. Como es posible formular los criterios básicos del Nuevo Pensamiento en la esfera de la política interior?

En la elaboración de nuestros métodos sobre esta cuestión, nosotros partimos de dos posiciones básicas. La primera: la necesidad absoluta de superar el sistema totalitario, todo aquello que llevaba consigo carácter antihumano, lo que frenaba el desarrollo de la sociedad. La segunda: la necesidad de emprender en el país aquellas transformaciones que llevaran a la creación de una sociedad verdaderamente humana y democrática.

Definir tanto el primero como el segundo grupo de tareas, y los criterios de su realización no fue nada fácil. Fue imprescindible en mucho superar antiguos estereotipos en uno mismo: todos nosotros éramos hijos de su tiempo. Tuvimos que enfrentarnos con la oposición dentro del país, incluido el partido y su conducción. Fue necesario abrirse camino en la espesura de hábitos y tradiciones de la sociedad, engendrados por el sistema totalitario.

Y el primer principio, el primer criterio de la política de la perestroika, definido desde el comienzo mismo, fue: la unidad entre la palabra y la acción. Ya que una de las "tradiciones" del pasado totalitario consistía justamente en que la palabra estaba demasiado alejada de la acción, demasiado era lo que quedaba sin concretarse. Realizar este principio resultó muy difícil, por causa de la dificultad objetiva de la tarea y también por causa de que, tras largos años de estancamiento, tanto los jefes como los ejecutores, en el centro y en las regiones, se acostumbraron a que una cosa son los planes y otra las acciones: en mucho es posible no cumplir. Entre aquello que proclamaba la Constitución Soviética - la Ley Fundamental del Estado - y aquello que se hacía en la práctica, existía una falta de correspondencia colosal.

Otro principio, otro criterio de la política de la perestroika, propuesto casi simultáneamente con el primero e íntimamente ligado con él, fue la glasnost (transparencia), la apertura en la política. La política de la transparencia se abrió camino también con dificultad, a través de la confrontación con viejos hábitos y estructuras. Pero trajo grandes frutos. Esta política garantizó el progresivo despertar de las masas ante la pasividad, la somnolencia del período del estancamiento. Ella motivó a la gente a la reflexión, la ayudó a orientarse en las nuevas ideas y programas, a valorar a la nueva gente que surgía en el escenario social.

Por supuesto, la glasnost, especialmente con el tiempo, generó particulares dificultades para la jefatura. Ya que ella se encontró en el foco del proyector. Si antes cualquier dirigente, encubierto por todos los secretos posibles, estaba prácticamente libre de toda crítica desde abajo, en las condiciones de transparencia la situación cambió radicalmente. Esto, creo, fue muy positivo. La glasnost condujo al aumento del sentimiento de responsabilidad en todos, desde arriba hasta abajo, en todos los campos de actividad. Aunque no dejó de encontrarse la especulación y hasta el mal uso de tal transparencia.

El más importante criterio de la política de la perestroika fue el de garantizar la libertad. Libertad en la política, en la economía, en la vida espiritual. Y esto exigió especiales esfuerzos: la sociedad totalitaria era una sociedad de la no-libertad, una sociedad en la que el partido-estado determinaba todo, estableciendo rígidos encadenamientos para la actividad de todo tipo.

La realización del criterio de libertad exigía ante todo una afirmación de la democracia. Para nosotros esto, en esencia, significaba una profunda innovación. Ya que a pesar de que en nuestra Constitución se hablaba siempre de libertad, en la práctica no era más que un principio proclamado.

A veces se dice que la democracia es una premisa de la libertad individual. Esto es así pero sólo en una determinada medida. En esencia, sólo una persona libre puede ser un verdadero sujeto de la sociedad democrática. Sin embargo, al mismo tiempo, sólo una sociedad democrática es capaz de defender y desarrollar la democracia.

Se comprende que estoy hablando de democracia no como una observación formal de determinados principios, sino como una consecuente incorporación de la gente, en los hechos, a la toma de decisiones de la sociedad, estableciendo un contacto directo y recíproco entre el poder y los ciudadanos. Esto exige la creación de un estado de derecho, la división de poderes, una verdadera elegibilidad de los órganos de poder, el desarrollo de la autogestión. Y esto exige, además, tiempo: la gente, ganando libertad, debe aprender a usar esta libertad.

El establecimiento de condiciones verdaderamente democráticas supone, como condición imprescindible, el reconocimiento y la concreción en la práctica del principio de pluralismo. Y este también fue uno de los criterios de la política de la perestroika, aunque no de inmediato, sino con el tiempo.

Cualquier sociedad es internamente múltiple y por su misma esencia contradictoria. Así era también la sociedad soviética, aunque esto no lo reconocíamos. La rivalidad entre diferentes escalas de valores, corrientes políticas y de ideas, el diálogo, el "control" recíproco, son cosas necesarias para una sociedad normal. Ella necesita de este autoimpulso para avanzar, sin lo cual está condenada al estancamiento, las crisis, los callejones sin salida.

La perestroika partió de que la democratización de la sociedad, la afirmación entre otros del principio del pluralismo, está relacionada no sólo con la vida política e ideológica, sino también con la vida económica de la sociedad. Por esto la progresiva afirmación de la igualdad de diferentes formas de propiedad, las medidas dirigidas a una transición hacia una economía de mercado con orientación social. En este contexto, partí de la idea de que el mercado no era un objetivo en sí mismo sino un medio para alcanzar determinados objetivos, ante todo el bienestar de la gente; de que mercado no es idéntico a democracia y libertad no es idéntica a mercado.

Y algo más, muy importante. Llevando adelante la política de la perestroika, he puesto mucha atención en que los medios aplicados correspondieran estrictamente con los nobles objetivos propuestos. En general, la correlación entre objetivos y medios es uno de los problemas más enormes y complicados de la política, de la actividad política, de los procesos políticos.

Para nosotros, en las condiciones de la Unión Soviética de la segunda mitad de los años 80, el problema de los objetivos y los medios tenía varios aspectos. Uno de ellos, fundamental, consistía en lo siguiente: la perestroika, por la profundidad de las transformaciones proyectadas, representaba indudablemente una revolución. Pero esta era una revolución que debía concretarse por el camino de la evolución, o sea, de las reformas.

Esto significaba, a su vez, que los cambios previstos debían ser producidos sin violencia, sobre todo armada, por caminos pacíficos. Evitar la violencia era mi norma interna. Y aunque no fue posible evitar escaramuzas armadas, ante todo en las regiones con conflictos nacionales, no permitimos que corriera mucha sangre. Y un riesgo de este tipo existía.

Y finalmente, un aspecto importante del problema de los objetivos y los medios fue para mí la cuestión de los "tempos" de las transformaciones. Es bien conocido que, junto con los contrarios a los cambios en general teníamos, y no en poca cantidad, gente que proponía métodos de "shock", sin considerar la situación del país y de la opinión pública, la transformación inmediata total. Ya entonces estaba convencido y ahora, apoyándome en la experiencia acumulada en el período de la perestroika y después de ella, me he convencido más aún: la prudencia, la precaución (a pesar de determinados costos que esto conlleva) de todos modos son preferibles. El apresuramiento, la precipitación, cualquier tipo de "salto", es algo afín con el bolchevismo. Llevar a la gente por la fuerza, aún a los mejores regímenes, significa desacreditar la política de cambios, cuando no hacer fracasar toda la empresa.

Estas son algunas consideraciones respecto de los criterios y principios de la política de la perestroika en el aspecto interno del país. Es posible afirmar que todo esto son cosas conocidas, que en la Unión Soviética adquirieron (cosa que es natural) particulares acentos y matices, diferentes a lo anteriormente conocido. En general esto es cierto. Sí, al definir los criterios de la política de la perestroika, indudablemente nos basamos en los valores morales elaborados por la humanidad a lo largo de siglos, en los valores del humanismo y la democracia. Creo que esta fue una elección correcta.

Alrededor de estos valores siempre ha habido y continúa aún hoy una lucha muy dura. Su afirmación, su arraigamiento avanza con dificultad. Pero precisamente estos valores y su realización en la práctica son la garantía de un efectivo y no aparente progreso de la sociedad y del Hombre mismo.

No puedo dejar de coincidir con el postulado del Documento del Movimiento Humanista que afirma: "...no se puede partir de otro valor central que el del ser humano pleno en sus realizaciones y en su libertad". Por ello los humanistas proclaman: "Nada por encima del ser humano y ningún ser humano por debajo de otro". De estas mismas ideas partimos nosotros, en esencia, al realizar la política de la perestroika.

Por lejos, no todo lo que se proyectó, resultó. El pustch de las fuerzas antirreformistas en agosto de 1991 interrumpió la política de la perestroika. Después de esto se inició una etapa totalmente diferente. Pero echando una mirada hacia atrás, no puede dejarse de reconocer que en un período relativamente corto de tiempo se logró hacer bastante. El balance de lo hecho tiene su peso. Fue liquidado el sistema totalitario, que había cancelado por mucho tiempo al país la posibilidad de llegar a ser próspero y floreciente.

Fue abierta una brecha en el camino de las transformaciones democráticas. Las elecciones libres, la libertad de prensa, la libertad religiosa, la representatividad de los órganos de poder, la pluralidad partidaria, se hicieron realidad. Los derechos humanos fueron reconocidos como un principio riguroso.

Comenzó el movimiento hacia la economía diversificada, hacia la afirmación en la práctica de todas las formas de propiedad. En los marcos de la reforma agraria comenzó a renacer la agricultura, surgieron los granjeros, millones de hectáreas de tierra fueron otorgadas a los habitantes del campo y de las ciudades. Fue legalizada la libertad económica del productor y comenzaron a cobrar fuerza la empresa, las sociedades por acciones, la privatización.

Los pueblos, las nacionalidades, recibieron una real libertad de elección del camino de su autodeterminación. Las búsquedas de una reforma democrática del estado multinacional nos condujeron hasta la inminente firma de un nuevo acuerdo de la Unión.

En otras palabras, fue instalada una saludable base para el posterior avance hacia una sociedad democrática y más humana.

 

III

En una de sus últimas publicaciones, el "Diccionario del Nuevo Humanismo", el Movimiento Humanista, partiendo del reconocimiento de la vida humana como más alto valor ético y social, se expresa resueltamente a favor de la paz, de la paz entre diferentes grupos étnicos, religiosos y sociales, entre estados y grupos de estados. En el logro de la paz, en la contribución a la comprensión mutua entre las personas pertenecientes a diferentes culturas y generaciones, en la superación de la desconfianza, el odio y la violencia, el Movimiento ve su más alto ideal.

Con todo esto yo estoy completamente de acuerdo. En esencia todas estas son las ideas que en plena medida fueron tenidas en cuenta por el Nuevo Pensamiento, intentando llevarlas a la práctica en las relaciones internacionales.

Frecuentemente me hacían y aún hoy me hacen la pregunta: qué lo motivó a implementar medidas tan enérgicas, para terminar con la "guerra fría", con la confrontación? Y en esta pregunta muchas veces la idea oculta era: no fueron las dificultades internas de la economía soviética, que no soportaba la carrera armamentista, las que lo impulsaron a Ud.?

Por supuesto, el sentido común llevó a la comprensión de que la carrera armamentista, el complejo militar-industrial, literalmente se chuparon la energía vital de la economía popular. Pero terminar con esto no era posible sin superar la ideología y la práctica de la confrontación armada de los dos "bandos", sin el traslado al terreno de la política real de nuestros llamamientos propagandísticos para la convivencia pacífica. Esto es evidente.

Pero, de todos modos, las principales motivaciones, que nos dieron la resolución de hacer todo lo posible para terminar con la guerra fría, fueron de tipo moral. Cada persona normal comprendía adónde nos podía llevar a todos la confrontación, ese balanceo en el límite de la catástrofe nuclear. Pero la confrontación continuaba y no se le veía el final. Estaba claro: se necesitan medidas innovadoras, no ordinarias, para detener ese "tren del infierno".

El análisis de la situación y de los caminos de salida comenzó incluso antes de 1985. Y luego del inicio de la perestroika este trabajo recibió un nuevo y fuerte impulso. De qué se trataba? De redefinir los reales intereses nacionales del país, los parámetros e imperativos de su seguridad. Mirar lúcidamente el estado de la sociedad mundial, los vectores y tendencias principales de su desarrollo. Finalmente, elaborar un programa pensado de acciones concretas en las principales direcciones de la práctica de las relaciones exteriores.

Reflexionando sobre estos temas nosotros comprendimos: la cosa está no tanto en las acciones implementadas en nuestra política del pasado, que estimulaban frecuentemente la confrontación, cuanto en aquellas concepciones que predominaban en las relaciones internacionales y que le eran propias también a la política exterior soviética. Concepciones que se apoyaban en visiones dogmáticas y no en la realidad, en un lúcido análisis de la situación. Concepciones que orientaban la política de los estados, incluso la del nuestro, hacia una inflexible confrontación con el mundo "ajeno".

Comprendíamos, claro, que no todo dependía de nosotros, de nuestras posiciones y conclusiones. El pensamiento confrontativo, la cultura política confrontativa estaba presente en todos, a ambos lados de la "cortina de hierro". Pero asumíamos nuestra parte: de nosotros es mucho lo que depende. Ya que la Unión Soviética era el estado más enorme del mundo, una gran potencia nuclear. Los años de la confrontación engendraron - de ambos lados - miedos, desconfianza, y nosotros hicimos en este proceso nuestro aporte. Y tomando conciencia de todo esto, comenzamos a movernos activamente en diferentes direcciones en la práctica; pero, en igual medida y con no menor actividad, en el plano de las búsquedas teóricas, la búsqueda de principios y criterios de la nueva política de la Unión Soviética misma y de la política internacional en su conjunto. Principios y criterios que, no poniendo en peligro los intereses de nadie, fueran al fin de cuentas aceptables para todos.

Fruto de este trabajo fue el Nuevo Pensamiento: una filosofía y una nueva metodología para los asuntos mundiales.

La tesis de partida: el reconocimiento de la creciente integridad del mundo, de la interrelación e interdependencia de los estados que lo componen. Hacia mediados de los años 80 estos procesos recibieron un potente desarrollo. Utilizo aquí las palabras de Mario Rodríguez (Silo): "Llegan nuevos tiempos y surge una nueva concepción del mundo, que se presenta ahora como una cierta integridad...".

Las fuentes de esta integridad son diversas: la internacionalización de la vida económica, la mutua influencia de las decisiones políticas de los estados, la formación de un espacio informacional y cultural cada vez más denso.

Por otra parte, el impulso a la profundización de la interdependencia genera una acumulación de problemas globales: ecológicos, demográficos, energéticos, de materias primas y otros. Su resolución no es posible en los marcos de un país, e incluso de una región. Esto exige de la colaboración internacional, de la movilización de los potenciales materiales y espirituales de todos los pueblos del mundo.

Todo esto, naturalmente, no quita que sigan existiendo problemas nacionales y regionales, problemas sociales y de clases. Pero en definitiva su resolución no será plena sino limitada, cuando no imposible, si no se tienen en cuenta las nuevas realidades globales de un mundo que se va unificando.

Considerando lo dicho, el Nuevo Pensamiento ha promovido como uno de sus principios más importantes el siguiente: hoy han pasado a un primer plano no los intereses nacionales, locales o de clase, sino los intereses humanos. Precisamente la satisfacción de estos intereses resulta - en gran medida - una premisa para la satisfacción de todos los demás.

Esta conclusión se ha convertido en médula del Nuevo Pensamiento. Es la que ha permitido valorar en la magnitud adecuada el significado vital para las relaciones internacionales de los principios morales, que a lo largo de los siglos fueron elaborados por los pueblos y acuñados por las grandes mentes de la humanidad.

Lamentablemente debo admitir que esta conclusión, teóricamente nueva, durante largo tiempo y aún hoy, se mantiene fuera del campo de visión de destacados científicos extranjeros que han estudiado la cuestión de la interdependencia. Entre los políticos a su vez, está bastante difundido el punto de vista que de lo humano no tiene sentido hablar, a ellos les interesan ante todo sus propios intereses egoístas.

Debo decir que me infunde respeto el modo en que el Movimiento Humanista plantea la cuestión de diferenciar entre "globalización" y "mundialización". Ciertamente, desde un punto terminológico esto da que pensar, ya que, en esencia, son términos muy cercanos. Pero lo importante es que el Movimiento Humanista rechaza ese modo de concebir la globalización que reduce todo este proceso objetivo a la consolidación de las posiciones de los grupos financieros internacionales, de los monopolios internacionales, en detrimento de los intereses de los estados, los pueblos, las comunidades nacionales; a la subordinación de estos últimos a los intereses de los grupos y monopolios mencionados. Esta tendencia, efectivamente, tiene lugar.

A su vez, el Movimiento Humanista contrapone a tal globalización, la mundialización. Esto es, el proceso de acercamiento de las diferentes culturas, que no implica sin embargo, ni la homogeneización de los países y los pueblos, ni la pérdida de sus respectivas identidades.

El Nuevo Pensamiento, a la par de la tesis sobre la unificación del mundo, sobre la interdependencia, presentó la tesis de que este mundo es, al mismo tiempo, un mundo de multiplicidad. La dialéctica entre integridad y multiplicidad, unidad e individualidad, especificidad de los países, los pueblos, las regiones del planeta, es una de las fuerzas motoras del progreso contemporáneo. El mundo no es una homogeneidad, sino una unidad en la diversidad, en el cotejo y acuerdo de las diferencias.

La tesis sobre la multiplicidad del mundo, se entiende, no es nueva. Qué fue lo que introdujo el Nuevo Pensamiento en la comprensión de este hecho? El llevó el reconocimiento de la diversidad hasta una conclusión lógica necesaria: el reconocimiento de la indiscutible libertad de elección de cada pueblo de su propio camino de desarrollo y de su estilo de vida particular.

Cada país, cada pueblo, tiene sus derechos e intereses, sus aspiraciones y tradiciones. Esta es una importantísima realidad de nuestro tiempo. Pero el desarrollo de este proceso evidentemente superó la capacidad de algunos políticos de los grandes países de analizar y comprender los irreversibles cambios que tienen lugar. De aquí los residuales de aspiración al hegemonismo, a la subordinación de otros países a los propios intereses, a la intromisión y comando de otros con ayuda de medios políticos, económicos e inclusive militares. Pero todo esto contradice al sentido mismo de ese colosal adelanto en el curso de la historia mundial, relacionado con la superación del colonialismo, con la conversión de decenas de países en actores soberanos de la arena política mundial.

Me es muy cercana la propuesta del Documento del Movimiento Humanista, que dice: "Los humanistas son internacionalistas, aspiran a una nación humana universal. Comprenden globalmente al mundo en que viven y actúan en su medio inmediato. No desean un mundo uniforme sino múltiple: múltiple en las etnias, lenguas y costumbres; múltiple en las localidades, las regiones y las autonomías; múltiple en las ideas y las aspiraciones; múltiple en las creencias, el ateísmo y la religiosidad; múltiple en el trabajo; múltiple en la creatividad".

Pero el reconocimiento de la multiplicidad del mundo, del derecho de los pueblos a la libertad de elección, inevitablemente lleva consigo una conclusión más, que también fue hecha por el Nuevo Pensamiento. Consiste en que las relaciones internacionales deben construirse no sobre el balance de fuerzas, sobre la política de la fuerza, sino sobre una política de indiscutible respeto de los intereses de todos los estados, sobre el balance comprobado de sus intereses.

Se entiende que es muy importante para cada estado identificar correctamente sus intereses. No permitir a uno u otro grupo egoísta, hegemónico, poner su interés avaro como nacional, estatal. Esta es una cuestión de responsabilidad de los políticos de cada país y de honradez en sus intenciones.

Y finalmente, el problema de la seguridad. Durante siglos se consideró que el mejor método de garantizar la seguridad de un estado era la acumulación de fuerza militar, que superara en potencia al probable adversario. Incluso en el derecho internacional, hasta los años 20 del siglo XX, la guerra, los métodos militares y violentos de garantizar la seguridad, eran considerados como legales y admitidos.

El ingreso de la humanidad en la era nuclear-misilística, el cambio cualitativo del carácter del armamento, abrieron un campo fundamentalmente nuevo en la historia humana. Un conflicto con utilización de armas modernas es capaz de conducir a la exterminación total del género humano. Pero esto significa que el carácter del armamento moderno no deja a ningún estado la esperanza de defenderse a sí mismo sólo con medios militares. Garantizar la seguridad cada vez más se presenta como una tarea política, que corresponde resolver, ante todo, con métodos políticos.

Y los métodos políticos son justamente esa búsqueda de un balance de intereses, la consideración recíproca de los intereses en el curso de las negociaciones, discusiones y contactos de distinto tipo. En la base de negociaciones, que suponen tolerancia, realizar una búsqueda consecuente de soluciones mutuamente aceptables.

Surge en estas condiciones una nueva dialéctica de la fuerza militar y la seguridad. Con ayuda de la guerra nuclear, y ahora cada vez más, de la guerra con los nuevos tipos del armamento así llamado convencional, que se aproxima por sus posibilidades destructivas al nuclear, no es posible alcanzar objetivos políticos razonables. Pero es completamente posible lanzar a la humanidad toda a un catastrófico abismo.

Claro que, siendo realista, es difícil de imaginar que en un futuro cercano la humanidad esté en condiciones de renunciar por completo al uso de la fuerza militar para la resolución de las contradicciones existentes o posibles. Sin embargo, con un mínimo acuerdo de la mayoría de los miembros de la comunidad mundial, el campo de aplicación de la política de fuerza podría ser limitado, reducido. Y que la utilización de la fuerza sea sometida al más severo e inmediato enjuiciamiento.

Sin embargo, el nuevo carácter del armamento, la nueva dialéctica de la fuerza militar y la seguridad obligan a sacar una conclusión más: la seguridad en las condiciones actuales puede ser sólo recíproca (especialmente si se trata de las grandes potencias, en primer lugar las nucleares), y si consideramos a las relaciones internacionales en su conjunto, sólo global. De esto partió el Nuevo Pensamiento.

Tales son algunos de los principios y criterios básicos del Nuevo Pensamiento en lo que hace a la política internacional. Se puede plantear entonces una pregunta: acaso todo lo que se ha dicho hasta aquí es nuevo? Acaso nada de esto había sido propuesto antes? Es cierto, mucho de esto ya había sido dicho y propuesto antes. Recuerdo que respecto de la necesidad de un nuevo pensamiento en el siglo nuclear habló ya en su momento Albert Einstein. Sobre ello hablaron también los participantes del encuentro de científicos de Paguosh en el año 1982: 111 de los 118 premios Nobel en ciencias naturales.

Qué es lo nuevo que propuso el Nuevo Pensamiento en esta esfera?

Ante todo el Nuevo Pensamiento reunió varias de las ideas y visiones expresadas anteriormente en un único y armonioso sistema. Completó esta suma de ideas con nuevas propuestas, sobre las cuales se habló más arriba. Finalmente, y esto puede ser lo más importante, convirtió las ideas propuestas en actividad práctica, en una práctica política real.

Aquí no es posible y difícilmente sea necesario, relatar nuevamente toda la historia de la actividad diplomática en los años de la perestroika. Será útil, sin embargo, intentar hacer un balance de lo logrado por la política del Nuevo Pensamiento.

El primer y principal logro consistió en que precisamente como resultado de la política de la Perestroika, del Nuevo Pensamiento, se concluyó con la "guerra fría". Se llegó al fin de un largo y potencialmente mortífero período del desarrollo mundial, cuando toda la humanidad vivía bajo la permanente amenaza de una catástrofe nuclear.

Es sabido, que ya durante varios años se discute acerca de quién ganó y quién perdió en la "guerra fría". A mi parecer, el modo mismo de plantear la cuestión es un tributo al pasado, al pensamiento confrontativo.

Desde las posiciones de la razón es evidente que la que ganó fue la humanidad toda, cada país, cada ser humano. La amenaza del exterminio nuclear pasó a ser parte de la historia. Por supuesto, si no se produce algún salto hacia atrás, cosa que depende de los políticos y de la política.

Otro importante resultado de la práctica del Nuevo Pensamiento en la esfera de la política mundial: la eliminación de la pantalla de la "guerra fría" otorgó la posibilidad de la libertad de elección a muchos pueblos en Europa y en el "tercer mundo", soltó el proceso democrático artificialmente retenido durante décadas. El campo de acción de las fuerzas del totalitarismo se redujo significativamente. El campo del desarrollo democrático se amplió.

En definitiva, la perestroika en el plano internacional se convirtió en factor de perfeccionamiento, de humanización de las relaciones internacionales.

El Nuevo Pensamiento dejó como herencia a la política mundial:

- una concepción global de la seguridad internacional, adecuada a las nuevas condiciones; concepción cuya realización es capaz de garantizar una seguridad igualitaria para todos. No es casual que recibiera el apoyo de una cantidad de resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas;

- una concepción que comprende de un modo amplio a la seguridad internacional: no sólo como político-militar, sino abarcando todos los aspectos de la existencia de la comunidad mundial, todos los fenómenos capaces de generar una amenaza para la seguridad de la gente, de las naciones, de los estados.

- una concepción de un mundo no-nuclear, no-violento;

- una nueva metodología de manejo de los asuntos internacionales, basada en un tipo de relación neutro, no ideologizado, en el balance de intereses, en el primado indiscutible de los medios políticos, en la búsqueda de acuerdos razonables, basados en el balance de intereses, en el reconocimiento a todos los pueblos de la libertad de elegir su propio camino.

 

IV

Ahora, en la segunda mitad de los años noventa, la situación mundial no da mucho fundamento para el optimismo. Las esperanzas en una profunda renovación de la política mundial, que surgieron en los años de superación de la confrontación, evidentemente no han sido justificadas. Más aún, en algunos aspectos se produjo un cierto retroceso. Se renovaron los intentos de formular la "imagen del enemigo", de instalar la desconfianza entre los pueblos. A la vista los planes, (como por ejemplo el plan de la OTAN de expansión hacia el Este) cuya realización es capaz de introducir nuevamente líneas divisorias en Europa. La política de la fuerza evidentemente no quiere entregar sus posiciones. Tiene lugar también lo que ha recibido el nombre de nueva carrera de armamentos: la creación de nuevos, cada vez más peligrosos tipos de armamento, aún cuando se llamen "convencionales". En cantidad de regiones del mundo, incluso en Europa, surgen focos de conflicto, generados en muchos casos como resultado de acciones irracionales, incluso de los estados más grandes.

En dónde está la causa de todo esto? Ante todo, en las acciones de los políticos. En que los líderes de muchos países se han alejado demasiado de aquellos principios que los guiaron en los años de la superación de la "guerra fría". Por supuesto, en aquel tiempo tampoco todos, ni en todas partes, adoptaron las ideas del Nuevo Pensamiento. Pero muchas de estas ideas fueron, al menos, apoyadas. Su adopción por destacados actores de aquellos años fue lo que permitió abrirse paso en la jungla de la confrontación. Pero ahora en muchos casos salen al proscenio fuerzas adictas a las tradiciones del pasado, aquellas mismas que alimentaron a la "guerra fría".

Otra causa, no menos importante, de los saltos hacia atrás producidos: la desintegración de la Unión Soviética. Este país fue, aún con todos los defectos de su política en los años anteriores a la perestroika y con todas las dificultades de los años de perestroika, un obstáculo suficientemente confiable y respetable en el camino de las aspiraciones hegemónicas, del mal uso de la política de la fuerza. Con la desaparición del mapa del mundo de este país, la relación de fuerzas políticas cambió. Y por lejos, no en la mejor dirección.

Y otra cosa importante: el alejamiento de Rusia, sucesora de la Unión Soviética en la arena internacional, de los principios de la perestroika tanto en la política interior como exterior.

Dentro del país triunfó la posición de aquellos que se orientan por los intereses egoístas de determinados grupos, de los que tomaron como "modelos" de desarrollo recetas importadas, inadecuadas a la situación rusa, contrapuestas a las tradiciones rusas. Resultado: una profunda crisis de la democracia, debacle económica, catástrofe social.

En lo que hace a la política internacional, a lo largo de varios años después de 1991, sencillamente perdió las referencias, perdió su propia voz, se olvidó de los intereses del país. Ahora la situación es un tanto mejor, pero el perjuicio causado, por lejos no está aún compensado.

Hoy en Rusia y en el mundo frecuentemente se puede escuchar: Nuevo Pensamiento? Es un fruto de su propio tiempo, ya vivió lo suyo. Pero por mi parte, estoy totalmente en desacuerdo con esto.

Digo más. Estoy convencido de que Rusia, por ejemplo, puede en los hechos avanzar por el camino del renacimiento nacional sólo en el caso de que vuelva a los ideales humanistas de la perestroika, a aquellas orientaciones de las que hemos hablado antes. Sólo con esta condición Rusia podrá renacer como una potencia democrática, pacífica y humana.

Y en el plano internacional? Lo mismo. Ya que todas las tendencias del desarrollo mundial, de cuya consideración partió el Nuevo Pensamiento, siguen vigentes. Y continúan profundizándose. Lo cierto es que estas tendencias, cada vez con mayor actividad, intentan ser aprovechadas para sus intereses por el capital financiero internacional y las compañías multinacionales. Y esto influye negativamente en todos los aspectos de la vida de la comunidad mundial.

No es posible disentir con la aguda y a la vez justa evaluación de Silo: "Al tiempo que crece la estructura regional y mundial de poder de las compañías multinacionales, mientras el capital financiero internacional se va concentrando, los sistemas políticos pierden su autonomía y la legislación se adapta al dictado de los nuevos poderosos del mundo". Esto habla de una cosa: es necesario contraponer a los enfermizos procesos de nuestros días una política pensada, equilibrada, basada en principios humanistas, de colaboración global de los países y los pueblos por el bienestar del Ser humano. Y esta política por el momento no existe.

Por otra parte, los principios políticos del Nuevo Pensamiento y la metodología elaborada por él para el manejo de los asuntos internacionales - que ahora intentan substituir con copias de los arsenales de comienzos del siglo XX, cuando no del siglo XIX, con principios del tipo "divide y reinarás" - son los capaces de sacar a la política mundial del laberinto en que se arriesga a caer nuevamente.

Por supuesto, de ningún modo estoy incitando a una mecánica "repetición de lo hecho". El Nuevo Pensamiento, en lo que hace a la política interna (teniendo en cuenta los cambios acontecidos en Rusia), y en lo que hace a política internacional, debe continuar desarrollándose. Debe considerar en plena medida los nuevos fenómenos y las nuevas exigencias generadas por ellos, los nuevos desafíos de este tiempo.

Pero de qué desarrollo estamos hablando? Estoy convencido de que se trata de un desarrollo en el espíritu de una cada vez más completa comprensión y asimilación de las ideas del humanismo. Se trata de aportar a la superación de la enfermedad de la actual civilización, a la transición de la humanidad hacia una nueva civilización.

A veces se dice que el tiempo de una nueva civilización aún no ha llegado, que debe esperarse un momento más favorable. No es así, los problemas se agudizan, el tiempo pasa y no hay que perderlo. No hay momentos ideales. Es necesario actuar ahora, no dejar empeorar la situación.

Pero cómo debe ser esa nueva civilización? Hoy la humanidad vive en condiciones tales, que debe permanentemente preocuparse de su sobrevivencia. Este no es un desarrollo normal. Un desarrollo normal es progresista, un desarrollo que garantice - y aquí hablo en los términos de los humanistas - "la superación del dolor y el sufrimiento" de la gente.

He dicho desarrollo progresista. Pero ahora necesita progresar la idea misma de progreso. El ascenso de la humanidad hacia la realización del sentido de su historia debe darse sin el perjuicio interminable al Hombre y al resto de la naturaleza, sin la degradante y destructiva explotación de la gente y de pueblos enteros, sin la pérdida irrecuperable de valores morales y espirituales y, por supuesto, en condiciones de una colaboración global, igualitaria, libre de elementos de violencia armada, en condiciones de un desarrollo pacífico para todos.

En un plano más amplio, la civilización del futuro la imagino no uniforme, homogénea, sino por el contrario diversificada, pluralista. Sólo en este caso ella podrá adaptarse mejor a la aceleración de los cambios, a los desafíos de este tiempo.

No vamos a entrar en detalles, la construcción especulativa de esquemas de la civilización del futuro es un asunto improductivo. El futuro crece desde el día de hoy, desde los desafíos del día de mañana, a los cuales es necesario dar respuesta, desde las tendencias objetivamente determinadas del desarrollo del socium.

Nuestra Fundación eligió para sí la divisa: "Hacia una nueva civilización". Y nosotros atentamente estudiamos los problemas correspondientes. Por supuesto no en solitario, sino en conjunto con aquellas personas y organizaciones que están dispuestas a participar en la búsqueda de caminos reales hacia un futuro mejor. Entre ellas, en conjunto con el Movimiento Humanista.

Planteo, sin embargo, la siguiente pregunta: es real el avance hacia una nueva civilización? No es ésta una nueva utopía? Pienso que las lecciones de la última década y ante todo de los años de la perestroika, la que fue, por así decirlo, un examen práctico de los métodos humanistas para la transformación de la sociedad, nos permiten darle a la última pregunta una respuesta negativa.

En qué consisten estas lecciones? En primer lugar en que, como demostró la perestroika, la afirmación de las ideas del humanismo y la democracia, aún en una sociedad sobrecargada de totalitarismo, es algo completamente real. En realidad, en la Unión Soviética en tan sólo cinco años sucedieron cambios gigantescos. De esto ya hemos hablado. Más aún tales cambios pueden ser realizados en los países en que, desde hace ya mucho tiempo, se afirman las tradiciones democráticas, concretándose de un modo distorsionado en la práctica.

En segundo lugar, las lecciones de la última década nos dicen: la política está llamada a jugar un rol decisivo en la concreción de los cambios. Una política que una su actividad a principios morales, que sirva a la causa del humanismo. La perestroika dice: la elaboración de tal política y su aplicación son posibles incluso en una sociedad con una pesada herencia del pasado. Más aún serán posibles en países que no tengan semejante herencia.

En tercer lugar, estas lecciones afirman: los cambios humanistas y democráticos son posibles sólo en el caso de que no sean asunto exclusivo de las cúpulas políticas, sino que se conviertan en un logro del pueblo, de la sociedad en el más amplio sentido de la palabra.

Esto se relaciona, a propósito, tanto a la política interior como a la internacional. La aplicación de la política del Nuevo Pensamiento hubiera sido extremadamente dificultosa, y en ciertos aspectos imposible, si no hubiera recibido el apoyo amplio de las fuerzas sociales: desde los científicos hasta los religiosos, desde la juventud hasta los representantes más destacados de la cultura mundial.

En el último tiempo, el activismo de las fuerzas sociales se ha debilitado. En este contexto llama poderosamente la atención la actividad de organizaciones tales como el Movimiento Humanista, la campaña iniciada por los humanistas para un "Mundo sin guerras". Con un sincero deseo de éxito en sus trabajos yo quisiera finalizar este escrito.

Tomando en cuenta las lecciones del pasado cercano, inspirándonos en las ideas del humanismo y del Nuevo Pensamiento, podemos, creo, mirar hacia el futuro con optimismo.

 

Traducción del ruso al castellano:
Hugo Novotny.

 

 


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